Una historia que contar II

Por la noche y a pesar de las bajas temperaturas, salí al exterior para contemplar el cielo estrellado.
Un espectáculo sobrecogedor ya que la bóveda del cielo estaba cubierta por las brillantes estrellas, que sin contaminación de ningún tipo, resplandecían magníficas, podía verse la Vía Láctea con tal claridad que resultaba aplastante por su grandeza y dominando el centro, la constelación de Orión
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Hacia poniente, siguiendo el camino de la puesta del sol, el lucero del atardecer refulgía sobre las cumbres nevadas con un brillo que yo jamás había visto.

Es un cielo nocturno para soñar con él.

Después de dormir más o menos bien, me levanté con ánimos, aunque me sentía cansada. Desayunamos muy bien y dejamos la mayoría de las cosas en las taquillas asignadas. Así llevábamos en las mochilas lo imprescindible y nos preparamos para el ataque a la cumbre del Mulhacén; el aire era frío aunque el cielo despejado y claro. Comenzamos la caminata, como todos los montañeros, bien temprano y cuanto más ascendíamos más nieve encontrábamos y más duro resultaba, poco a poco comencé a sentir un gran cansancio y fatiga, un malestar que me asfixiaba y no creí prudente continuar, el mal de altura me restó fuerzas y les dije a mis compañeros que me volvía al refugio, era mejor eso que forzarme a seguir. Como dicen los grandes montañeros, “una retirada a tiempo es lo más prudente”.

Me senté al sol y a descansar en el silencio que sólo se encuentra en un lugar como este, así más tranquila me puse a escribir estas palabras.

Con forme avanzaba el día volvían al refugio los grupos de montañeros que habían salido para realizar el ascenso al Mulhacén, peo mis compañeros se retrasaban.

Hablando con ellos me hacían saber que mi grupo iban algo retrasados, pues se los habían encontrado por el camino, sin embargo, intuía que algo sucedía. A eso de las tres de la tarde podía oírse el helicóptero sobrevolando los alrededores, podía ver entre la capa de nubes que cubría la zona más baja de las cumbres, como se alejaba y se acercaba, buscando un objetivo, aquello me llenó de temor. La verdad ver el helicóptero en la alta montaña no significa otra cosa que un rescate.

Mi inquietud aumentaba, todos estaban ya de vuelta menos ellos, no podía comunicarme con el grupo, como suele pasar, yo no tenía cobertura suficiente. A eso de las cinco de la tarde, hacen aparición cinco de mis compañeros y me hacen saber que uno de ellos se ha caído por dos veces; la primera se levantó algo aturdido, pero bien, volvió a descender y cayó de nuevo, esta vez sin posibilidad de levantarse, rodó al menos 400 mts. pendiente abajo.

Habían hecho cumbre, pero aquella caída les restó la alegría y la satisfacción de contar su hazaña.

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