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Muchas de las cumbres más impresionantes del mundo poseen nombres muy antiguos, lo que nos da una idea de que el ser humano ha alzado la vista hacia las altas cumbres siempre. Impresionados por su majestuosidad, las montañas han representado para el género humano el hogar de los dioses o incluso, la propia diosa encarnada en la roca y la nieve, coronada por nubes y a la espera de alcanzar el cielo donde se encuentra su consorte.

Los antiguos griegos consideraban el Monte Olimpo (2.917), la residencia de los dioses y una de las cumbres cercanas con 2.909 mts. de altitud, la llamaban El Trono de Zeus.

La montaña más alta de América del Norte es el McKinley con 6.194 mts, pero los indios atabasca del Yukón lo bautizaron con el nombre de Denali (el más alto, el grande).

Una de las montañas más emblemáticas de los Alpes, El Eiger, toma su nombre del alemán que significa “ogro”, llamado así por sus terribles tormentas.

Los musulmanes bautizaron a la actual Sierra Nevada con el nombre de Djabal Sulayr “Montaña del Sol”, porque según un poeta del s. X “el sol brilla hasta deslumbrar la vista, reflejado en las perpetuas nieves”.

En el lejano Himalaya encontramos que, el Everest, que se llama así por el geógrafo que la midió, se denomina Chomolungma que en tibetano significa “Diosa Madre”. El Kangchenjunga significa “Los Cinco Tesoros de la Gran Nieve”. El Cho Oyu se traduce por “La Diosa Turquesa”. El Dhaulagiri significa en nepalí “Montaña Blanca”.